En los meses en que la actividad empezaba a recuperarse tras el covid, en una conocida empresa de transportes públicos de Barcelona aparece un dedo humano.
Sin dueño. Sin explicación. Sin nadie que, al parecer, sepa qué hacer con él.
Con parte de la plantilla todavía trabajando a distancia y los edificios lejos de su actividad habitual, el hallazgo queda en tierra de nadie: demasiado serio para ignorarlo, demasiado incómodo para asumirlo.
El señor Salvador, un empleado gris de mediana edad y pasado poco claro, decide investigar por su cuenta. No es policía. No es detective. Solo alguien con demasiado tiempo, demasiadas preguntas y una capacidad inesperada para meterse en problemas.
Quien haya perdido el dedo no puede estar muy lejos. La cuenta atrás acaba de empezar.
La tozudez del señor Salvador dispara las alarmas en algunos despachos y abre una guerra soterrada entre directivos, burócratas y sindicalistas hiperventilados, no porque nadie quiera resolver el asunto, sino porque nadie quiere ser quien lo firme.
A medida que avanza la investigación, Salvador se cruzará con personajes pintorescos, directivos sin escrúpulos y una maquinaria empresarial diseñada para que nada cambie y nadie pregunte. Pondrá a prueba la paciencia de sus superiores... y su propia capacidad para seguir pasando desapercibido.
Porque el señor Salvador no ha llegado a esa empresa para destacar.
Ha llegado para desaparecer.
Tal vez si otro se hubiera encargado de aquel marrón, el desenlace habría sido distinto.
Pero nadie esperaba que alguien tan empeñado en no llamar la atención estuviera dispuesto a incomodar a tanta gente por llegar tan lejos por un asqueroso dedo sin dueño.
Nadie es perfecto.