Un hecho traumático no se borra ni rápida ni fácilmente. Implica un proceso complejo, que no es lineal, es de idas y vueltas, con posibles mejoras y posibles retrocesos; con días más fáciles de sobrellevar, que incluso tienen momentos felices y otros días grises, oscuros, difíciles de afrontar.
Aquello que pasó y ha configurado un trauma forma parte de nuestra vida y, probablemente, lo haga el resto de nuestra vida, pero tenemos la posibilidad de tomar las riendas de nuestro presente, volvernos a sentir protagonistas en nuestra vida, con un poder que creímos haber perdido pero que podemos recuperar.
Podemos ser responsables de elegir cómo reaccionar y accionar de la forma más sana posible, buscando recuperar nuestra estabilidad, nuestra vida, nuestras rutinas, ser nosotros mismos o empezar a reconstruir eso que queremos ser.
Después del dolor, después del trauma, después de situaciones difíciles, es posible recuperar el poder sobre nuestra vida. Un poder que involucra recursos psicológicos, fortalezas, vínculos sociales positivos, proyectos, ganas de vivir mejor. Luego de un episodio traumático, cada nuevo día nos invita a afrontar la realidad y crear un nuevo autoconocimiento, a tomar una decisión diferente, a percibir las situaciones de una manera distinta.
Aunque no lo parezca y nos sintamos muy vulnerables, rotos, vacíos, destruidos, cada nuevo día es una nueva oportunidad de intentar vivir diferente, de hacer algo con eso que nos pasó, con eso que sufrimos. Tratar de elaborarlo de una manera distinta. Pueden surgir nuevas oportunidades, nuevas sensaciones, nuevas situaciones, otras vivencias y otras oportunidades que nos permitan vivir después del trauma y hacerlo de la mejor manera posible.